El individuo improbable, casi imposible.
Cuando nos bañamos en un río, o aspiramos la frescura de un bosque; al ver salir el sol o la luna o el paso de las estaciones, nos surge la pregunta de dónde ha salido todo esto (*); bueno, Descartes primero resolvió el asunto de si realmente existía y decidió que sí.
Las cosmovisiones más primitivas encuentran respuestas simples, magia, dioses o espíritus. Cuando analizamos esta realidad sobre la base de observaciones objetivas (**), vamos obteniendo magnitudes que superan nuestra percepción intuitiva. Distancias inimaginables nos separan de otras estrellas y no digamos de las galaxias, incluso la más cercana.
Cuando miramos hacia atrás en el tiempo nos ocurre lo mismo. La tierra nació hace 4 millones y medio de años: tampoco somos capaces de entender estas magnitudes desde nuestro pequeño recorrido humano, 70 u 80 años (***).
La teoría de la evolución de las especies se basa en fenómenos (mutaciones) improbables que necesitan de centenares de miles de años para poder justificarse. Los seres vivos en su forma actual son el resultado de mutaciones que han permitido sobrevivir a los seres resultantes. El juego del azar nos hace pensar lo improbable de la biosfera en su modo actual. Han sido mutaciones, cambios climáticos, cataclismos que han producido nuevas especies mientras que otras se han extinguido, incluso en periodos de extinciones masivas.
Si esta probabilidad la pasamos al individuo, a cada uno de nosotros, nuestra existencia es casi imposible… da vértigo.
A corto plazo dependemos de que nuestros padres se conocieran y tuvieran hijos y que uno de ellos fuéramos nosotros. La existencia de ellos dependió de nuestros abuelos, seguimos con los tatarabuelos, llegamos, después de guerras, hambrunas, accidentes, enfermedades, a la prehistoria. Y seguimos. Podríamos pensar que todos los de nuestra especie dependen de un solo individuo que es el que sufrió la mutación. Pero eso tampoco es así, ya que entre los diferentes homínidos se produjeron frecuentes cruces y mestizajes. En nuestro ADN tenemos una parte de los neandertales. Así pues, a la improbable mutación hemos de sumar los avatares de nuestros ancestros.
Hace unos centenares de miles de años, un homínido asomado desde el abrigo donde, con su tribu, han llevado la caza del día, observa el bosque a sus pies y sobre las montañas del horizonte el sol se pone.
En aquel momento tú o yo éramos improbables, casi imposibles.
(*)Los humanos, parece ser, somos los únicos seres vivos capaces de hacernos preguntas. Sobre esa fina película que es la biosfera, se asienta nuestra especie que aporta la consciencia de gea, somos la noosfera.
(**) Las grandes civilizaciones desde los principios de la historia han convergido en estas grandes preguntas y han buscado respuestas. En el oriente, el hinduismo, budismo, taoismo, superada la cosmovisión mitológica han preguntado en su mundo interior. Por el contrario, en el Grecia se buscaron las respuestas en el exterior que nos rodea. Se ha observado y analizado el entorno objetivo construyendo teorías que explican todos los fenómenos que se conocen.
(***) Al mirar al exterior nos hacemos conscientes la pequeña dimensión del individuo frente al cosmos. En la medida que se ha ido conociendo mejor, las escalas se han agrandado hasta límites no entendibles desde nuestra percepción e intuición. Esto nos ocurre en términos de espacio (la galaxia más cercana, Andrómeda, está a 2,5 millones de años luz) como de tiempo: la tierra tiene 4.500 millones de años.
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Las cosmovisiones más primitivas encuentran respuestas simples, magia, dioses o espíritus. Cuando analizamos esta realidad sobre la base de observaciones objetivas (**), vamos obteniendo magnitudes que superan nuestra percepción intuitiva. Distancias inimaginables nos separan de otras estrellas y no digamos de las galaxias, incluso la más cercana.
Cuando miramos hacia atrás en el tiempo nos ocurre lo mismo. La tierra nació hace 4 millones y medio de años: tampoco somos capaces de entender estas magnitudes desde nuestro pequeño recorrido humano, 70 u 80 años (***).
La teoría de la evolución de las especies se basa en fenómenos (mutaciones) improbables que necesitan de centenares de miles de años para poder justificarse. Los seres vivos en su forma actual son el resultado de mutaciones que han permitido sobrevivir a los seres resultantes. El juego del azar nos hace pensar lo improbable de la biosfera en su modo actual. Han sido mutaciones, cambios climáticos, cataclismos que han producido nuevas especies mientras que otras se han extinguido, incluso en periodos de extinciones masivas.
Si esta probabilidad la pasamos al individuo, a cada uno de nosotros, nuestra existencia es casi imposible… da vértigo.
A corto plazo dependemos de que nuestros padres se conocieran y tuvieran hijos y que uno de ellos fuéramos nosotros. La existencia de ellos dependió de nuestros abuelos, seguimos con los tatarabuelos, llegamos, después de guerras, hambrunas, accidentes, enfermedades, a la prehistoria. Y seguimos. Podríamos pensar que todos los de nuestra especie dependen de un solo individuo que es el que sufrió la mutación. Pero eso tampoco es así, ya que entre los diferentes homínidos se produjeron frecuentes cruces y mestizajes. En nuestro ADN tenemos una parte de los neandertales. Así pues, a la improbable mutación hemos de sumar los avatares de nuestros ancestros.
Hace unos centenares de miles de años, un homínido asomado desde el abrigo donde, con su tribu, han llevado la caza del día, observa el bosque a sus pies y sobre las montañas del horizonte el sol se pone.
En aquel momento tú o yo éramos improbables, casi imposibles.
(*)Los humanos, parece ser, somos los únicos seres vivos capaces de hacernos preguntas. Sobre esa fina película que es la biosfera, se asienta nuestra especie que aporta la consciencia de gea, somos la noosfera.
(**) Las grandes civilizaciones desde los principios de la historia han convergido en estas grandes preguntas y han buscado respuestas. En el oriente, el hinduismo, budismo, taoismo, superada la cosmovisión mitológica han preguntado en su mundo interior. Por el contrario, en el Grecia se buscaron las respuestas en el exterior que nos rodea. Se ha observado y analizado el entorno objetivo construyendo teorías que explican todos los fenómenos que se conocen.
(***) Al mirar al exterior nos hacemos conscientes la pequeña dimensión del individuo frente al cosmos. En la medida que se ha ido conociendo mejor, las escalas se han agrandado hasta límites no entendibles desde nuestra percepción e intuición. Esto nos ocurre en términos de espacio (la galaxia más cercana, Andrómeda, está a 2,5 millones de años luz) como de tiempo: la tierra tiene 4.500 millones de años.
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