lunes, 1 de octubre de 2007

Los indignados.

Indignación: enojo, ira, enfado vehemente contra una persona o contra sus actos (Diccionario de la Lengua Española, Real Academia Española).

Llevábamos unos años, no muchos, de nuestra actual democracia cuando le oí en un bar. En voz alta, él, rojo de toda la vida, explicaba a sus compañeros de mesa, y de paso a todos los que estábamos en el local, que todo estaba mal y que “no había luchado toda la vida contra el franquismo para llegar a esta mierda”. Mi candor juvenil resultó golpeado por el hecho de comprobar que una persona que emitía un discurso progresista y de izquierdas lo hacia desde una posición autoritaria e intolerante. Desde entonces he observado que no se trata de un hecho aislado y que en las personas radicales el contenido de su discurso político o social es sencillamente secundario. Por eso pienso que no es extraño el que se produzcan cambios tan extremos de pensamiento en este tipo de intelectuales y no tan intelectuales.
Como escribe Javier Cercas, ellos no se equivocan nunca, ni ahora ni cuando en el pasado pensaban lo contrario. Y eso es porque somos los demás los que estamos en el error.
Una deriva del intolerante es el indignado. ¿Quién no ha asistido a una reunión en la que uno o más indignados han impedido que se hable del tema por el que todos estaban convocados?. Están en todas partes: en el trabajo, en las asociaciones, en actividades de ocio o de cultura,... Con el tiempo he llegado a desarrollar un aguzado sentido de detección de indignados: quejas ruidosas contra todo, frases hechas y un sentimiento de profunda desazón que me invade: cuando eso ocurre no hay nada que hacer, ¡estamos perdidos!.

Carta al director publicada en E Pais Semanal EPS, núm. 1599. Domingo 20 de mayo de 2007.