martes, 9 de abril de 2013

La marcha

Sentada en la cocina de la casa daba pequeños sorbos de café con leche con las manos entrelazadas alrededor de la taza mientras sus ojos se paseaban por la verde ladera de la montaña que se veía al otro lado del amplio ventanal. Todos, su marido y su hija, habían marchado al trabajo. Se había apagado el breve ajetreo matinal tejido de sonidos: la cafetera borboteando, tazas tintineando al encuentro de las cucharillas, voces rápidas buscando una camisa o un jersey, pasos que se alejan, el beso rápido, no te olvides de traer... y de súbito el silencio, la calma. Todavía le quedaba un rato antes de ir a la habitación de su madre para ver cómo había pasado la noche. Era entonces cuando aprovechaba su pequeño espacio en las veinticuatro horas del día. El café le gustaba un poco manchado de leche y tan apenas le ponía azúcar. La calidez de la luz de la mañana la envolvía mientras miraba por la ventana acariciando la taza.
Pasado el interludio, en un abrir y cerrar de ojos, la cocina había cobrado vida. Los cacharros del desayuno ya estaban recogidos, en el fuego hervían unas verduras para la comida y en una bandeja había dispuesto el vaso de leche caliente y un poco de pan: el desayuno de su madre.
Al final del pasillo abrió la puerta y entró en el cuarto casi a oscuras. Depositó la bandeja sobre una pequeña mesita y mientras saludaba, buenos días madre, descorrió las cortinas de la ventana y subió un poco la persiana. Los colores claros de la habitación tomaron vida, la palidez de las pinturas y de las sábanas parecían una continuación de la tez blanquecina de su madre que asomaba entre las sábanas algo desorientada; le costaba unos instantes saber qué era cada cosa que súbitamente había dibujado la luz que entraba por la ventana. Mamá, el desayuno; dijo mientras le ayudaba a incorporarse abrazándole por los hombros. Las finas manos de su madre tenían una piel transparente por la que se veían sus venas y se adivinaban los huesos. Con pulso inseguro comenzó a desayunar mientras su voz débil i entrecortada explicaba que tan apenas había descansado. Sus frases hacía tiempo que quedaban a medias mientras sus ojos se perdían inexpresivos. Una chispa de vida tornaba a ellos cada vez que su hija le hablaba, para, enseguida, volver a apagarse.
Después de la higiene de su madre y de cambiar la ropa de la cama volvió al trasiego que supone mantener una casa, siempre con el oído atento al más mínimo sonido que pudiera salir de la habitación del fondo del pasillo.
Avanzada la mañana el timbre anunció la visita del médico. En las últimas semanas era casi diaria su presencia. Qué, ¿cómo ha pasado la noche?; Parece que ha estado más tranquila, hoy hasta la veo más centrada; ¿Y la fatiga?; Solo se queja cuando le da algún ataque de tos; Bueno, en fin, veamos cómo va. El médico se sentaba al borde de la cama y tomaba la mano de la paciente entre las suyas mientras le tomaba el pulso. Umm, esto está bien, ¿ha tenido dolor?; Ella apenas contestaba mientras por unos instantes sus ojos brillaban mirando al médico, a la vez que su semblante permanecía relajado, como queriendo transmitir brevemente al doctor que ella sabía exactamente cual era su situación. Después de explorar a la paciente, el médico recogía el estetoscopio, el aparato de la presión, el saturador y cerraba el maletín con parsimonia. En el pueblo no había de correr como sus colegas de la ciudad. Tomaba de nuevo la mano de la paciente con cuidado y se despedía de la anciana. Después, ya en la puerta de la vivienda, indicaba pequeños cambios en el tratamiento a la hija que le acompañaba para despedirse. ¿Cómo la ve hoy doctor?; Bueno, parece que su situación es estable; Pero ¿qué cree que puede pasar?; Ya sabes que el diagnóstico que nos dieron en el hospital; Sí, pero cómo pueden ir las cosas. Fue entonces cuando el llanto ahogó sus palabras, la idea de la muerte de su madre se hacía cada vez más presente. El médico le asió del antebrazo mientras le decía: Vamos, vamos... nos hemos de concentrar en disminuir su malestar y dolor, por eso es importante que sigas las instrucciones que repasasteis con la enfermera ayer; Sí, la verdad es que le alivian mucho; Y no olvides el calmante aunque no se queje y lo más importante ya lo estás haciendo: sencillamente es estar con ella; No se imagina doctor... aunque no lo crea, es que me hace tanta compañía!.

Pocos días después suavemente dejó de respirar y la palidez se adueñó de su semblante que no dejó de transmitir paz en el tránsito.

Todos habían marchado al trabajo, aferrada a la taza de café miraba a través del amplio ventanal, su mirada perdida al final de la pradera verde iluminada por el brillante sol invernal. Sentada en la cocina sabía que ya no oiría las llamadas desde la habitación de su madre. Sentada en la cocina se sintió inmensamente sola.


Fotografía: pèsol