jueves, 9 de octubre de 2008

Italia, de la Toscana al Véneto (segunda parte)

Viaje de atascos tremendos en Florencia y tremendísimos al llegar a Mestre (20 Km. de cola). Después nos enteraremos que un grave accidente había provocado el cierre de la autopista durante casi un día y lo que padecimos eran las secuelas. Aunque tarde llegamos al fin a Villa Grazia en Vía Castellana con Antonio Vivarini: TRIVIGNANO.

Se trata del núcleo más alejado del ayuntamiento de Venecia en esta carretera según nos aclara vehementemente Antonio el dueño de la casa: ¡nosotros somos Venecia!. En definitiva, estamos alojados en “el mismo Venecia”. Las conexiones con la plaza de Roma en Venecia son muy buenas ya que pasa un autobús cada media hora y que le cuesta unos 35 minutos en hacer el trayecto.

Venecia

A pesar de que era mi tercera visita a Venecia el primer paseo camino de San Marcos volvió a  sorprenderme; calles estrechas y muy estrechas, continuos puentes sobre aguas aceptablemente transparentes y ese color antiguo que lo envuelve todo: cada casa, cada iglesia, cada piedra de la calle, los carteles,… hasta el cielo es de ese color.

El transporte en barco, la mayor de las veces en vaporetto, tiene un encanto especial ya que te estás moviendo por una ciudad de calles hechas de agua. No por esto hemos de dejar de caminar por sus calles ya que a cada vuelta de esquina podemos encontrar una sorpresa en forma de plaza, callejón de escaparates artesanales o apretadas mesas de alguna terraza de un bar. En cuanto te alejas de las grandes calles y, por supuesto, de San Marcos la multitud se desvanece y vas tropezando con pequeñas plazas de las que manan continuas fuentes y que tienen un brocal de pozo en el medio.

Plaza de San Marcos. Aun sin conseguir abstraernos del tremendo gentío la inmensa belleza de la plaza provoca una sensación casi física que invade nuestro respirar, deslumbra nuestros ojos y llena nuestros oídos. Incluso Napoleón resultó conmovido cuando expresó que se trataba del salón más bello del mundo. Después de algo de cola entramos en la basílica. Nuestra espera es amenizada por el toque de las 12 del reloj de la torre y del campanile. Al entrar todo me resulta familiar y conocido, el conjunto es sobrecogedor. La luz tenue que se filtra por los ventanales exiguos descubre un espacio inmenso de arcos elevados y robustos; la bóveda central desaparece en lo alto. Poco a poco conseguimos fijarnos en los detalles: los mosaicos bizantinos de teselas doradas. No recordaba la pala de oro que es una obra de orfebrería exuberante, situada por detrás del altar mayor,  en la que está representada la Biblia entera, antiguo y nuevo testamento: oro, esmaltes y piedras preciosas.

Podría pensarse que el tráfico marítimo en Venecia ha de ser intenso y... ¡es verdad!. El Gran Canal está atestado de embarcaciones de todo tipo, tamaño y rumbo. De vez en cuando nuestro conductor toca la bocina cuando, de entre todo ese avispero, alguna embarcación despistada u obligada se acerca demasiado a nosotros. Se ven transportes de mercancías (enormes furgonetas de reparto), taxis blancos de líneas estilizadas, más vaporetti, alguna lancha y hasta góndolas que al salir de los canales pequeños han de transitar cortos trechos por el gran canal hasta llegar a sus amarres. Aparentemente el desorden es total, no se va por la izquierda ni por la derecha pero milagrosamente no hemos visto ningún abordaje.


La Guiudecca: se agradece la tranquilidad de esta isla tan cercana y a la vez tan lejana a San Marcos. Hay un par de hoteles espectaculares a los que se llega en barco por sus entradas principales al otro lado de la isla al que nos asomamos logrando ver otras islas y el Lido di Venecia

 

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