martes, 23 de mayo de 2017

El baile

Nuestros cuerpos adolescentes se movían al ritmo de la orquesta en la plaza del pueblo en fiestas. Se llamaba AnaMaria y era mi tercer amor encadenado del verano, aunque ella no supiera que era la tercera ni que yo estaba perdidamente enamorado. El frescor de la noche apagaba el fuego de finales de julio y se adueñaba de la plaza, engalanada con luces y banderines. La orquesta desde un escenario algo elevado desgranaba los éxitos del momento sin solución de continuidad con temas que ya bailaban nuestros abuelos. Los efímeros roces de nuestros cuerpos desprendían chispas de pasión que en aquella época difícilmente acababan más allá del vigilado recinto donde se hacía el baile. Ensayos de conversaciones, algún intento frustrado de beso robado, risas y pavoneos. Cuando la canción acababa, espera nerviosa hasta la siguiente en la que de nuevo, ¿bailas?, y según la suerte continuaba la magia o habías de recomponer la figura para adaptarte a una nueva situación, otra chica de la que todavía no estabas enamorado.

Desde mi crónica timidez recuerdo aquellos bailes con una mezcla de desasosiego y emoción teñida del color de la nostalgia. Era el despertar del fin de mi infancia en que se abría la puerta al vacío de la edad adulta de la que aún me separaba el complejo tránsito adolescente.

Las fiestas eran el único hito de aquellos veranos interminables en que calurosos días se sucedían sin solución de continuidad. Labores agrícolas en medio de páramos de cereal dorado que se había de cosechar sin una sombra en kilómetros a la redonda. Y cuando la tarde decaía nos reuníamos los amigos en un banco cercano al de las chicas y hablábamos y gamberreábamos. En ocasiones ya bebíamos nuestras primeras “ámbar” en la taberna o en el café de la plaza. Amistad sin condiciones ni pretensiones. Imaginad, pues, lo que suponía la llegada de la fiesta a Santiago y Santa Ana, un complejo programa ¡baile y vacas! Ah! olvidaba la misa al santo patrón en la que la iglesia se llenaba como en todo el año. Esta ocasión era aprovechada por el párroco para abroncar a todos aquellos que solo pisaban el templo en tan señalado día.

Y el verano felizmente improductivo languidecía hacia septiembre y los que estudiábamos en Zaragoza hacíamos nuestras maletas para desaparecer. La luz radiante se tornaba gris en aquel colegio solo de chicos, pero eso ya es otra historia.

No hay comentarios: