martes, 16 de mayo de 2017

Ferroviarias (imágenes)

Me gusta viajar en tren.

Lo hago un día a la semana desde que cambié de trabajo.

El tren mantiene la esencia y las sensaciones desde que las primeras locomotoras de vapor comenzaron a rodar sobre unos raíles. Hay más electrónica, más hidráulica, son eléctricos en su mayoría pero cuando subes percibes el olor a carbonilla, ya que, a menudo, las vías se sustentan en traviesas de madera, y el traqueteo en los cambios de aguja y en esos tramos necesitados de algo más de mantenimiento. Es cierto que la alta velocidad, tan perfecta ella, te hace olvidar que vas en tren; pero los cercanías son garantes de la esencia ferroviaria.


He de llegar con tiempo, es la única condición que pongo para disfrutar de un viaje en tren, porque las estaciones siempre me resultan inhóspitas y cuando llego a ellas se me agudiza la intranquilidad de la hora y de sacar billete. Aunque se trate de un viaje cotidiano nunca dejo atrás un cierto desasosiego hasta que me hallo sentado en el vagón.





Desde hace un tiempo el Maresme tiene tren directo a Girona; es un cercanías con aspiraciones porque supera en mucho la distancia que habitualmente tienen estas líneas. Hasta Malgrat el tren transita literalmente por la playa. Abandonas la sensación de ir en barco cuando se interna hacia la estación de Blanes y a partir de allí discurre por la campiña (casi inglesa), entre bosques y campos verdes, casas de payés, caminos y senderos. A la vez que se aleja del bullicio turístico de la costa el tren también se torna más tranquilo, conversaciones quedas entre personas endormiscadas, asientos azules y lectura. Quizás se encuentra a faltar una mayor interacción entre viajeros, no en vano son trayectos cortos de gente ocupada y casi siempre con la vista en el móvil.

El frescor de la mañana en la cara al salir a la calle estimula el paseo por las calles de Girona, al encender el ordenador nadie adivina mi viaje matinal.

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