Contricción


Unos días antes de morir las lágrimas borraron la dureza de su rostro. Ella sabía que era el final y la angustia que le amordazaba el corazón superó su rabia aflorando en la superficie de su ser aquella mañana.

Era una decisión de su vida la que impregnaba todo de un amargo sentimiento de culpa y se adueñaba hasta del último de los recovecos de su alma. Cuando tiempo atrás me dejó entrever algo de su historia, racionalizaba y defendía sus opciones afirmando que volvería a pasar por los mismos caminos.

Ahora toda su resistencia se desmoronaba al igual que su rostro arrasado por el llanto quedo y triste. Solo la memoria me hacía ver la energía del gesticular de sus manos y la rigidez de su gesto cuando su sonrisa se cortaba por la rabia del recuerdo de su esposo, que no supo o no quiso seguir su ritmo para el que muy probablemente la vida no le había preparado. Y en aquellos tiempos en los que la mujer se había de supeditar a la voluntad del marido ella optó por su independencia y aquella decisión siempre clara y mantenida era la que ahora se tambaleaba. Fue la última vez que la vi con vida, recuerdo el adiós callado en sus ojos cuando sus cuidadores la conducían hacia su habitación. Los últimos cuidados de su familia la alejaron hacia el tránsito que, aunque en compañía, en definitiva nos toca hacer solos.

Adiós, seguro que ahora gozas de la paz.
(Este paréntesis que cada cual lo llene con lo que le diga el corazón)

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