miércoles, 11 de febrero de 2009

La hermandad de la Buena Suerte


Es la última novela de Fernando Savater con la que ha ganado el Planeta de este año. Comencé a leerla seducido por las promesas de la contraportada: una desaparición misteriosa, un secreto de la buena suerte, dos magnates sin escrúpulos, cuatro aventureros en busca del desaparecido luchando contra los fantasmas del pasado que se enfrentan a enigmas y peligros. Un desenlace en una isla del Mediterráneo, traición, acecho de los leones. En definitiva una novela de aventuras, aliñada con gotas de metafísica y ambientada en el fascinante mundo de las carreras de caballos.

Adelanto ya mi veredicto: me ha defraudado estrepitosamente. No sé si estaba yo muy espeso o el autor era el que lo estaba. Después de párrafos leídos varias veces por confusos me encontré con unos personajes desdibujados y lejanos que en ningún caso conectaron conmigo. Narrada en tercera persona con la particularidad de que en algún capítulo toman el relevo al narrador dos de sus personajes: el profesor y el doctor, que explican historias personales que no vienen a cuento y que más parecen un relleno a una novela que apenas alcanza las 280 páginas.

En cuanto a la trama la desaparición se resuelve en dos gestiones de los “aventureros” que ya adivinan directamente dónde está el jockey se va a buscarlo, tiros y colorín colorado este cuento se ha acabado.

No acierto a entender que la Hermandad de la Buena Suerte, escasamente descrita en medio capítulo llegue a dar título a la novela.

Sí doy fe de esas gotas de metafísica con las que Fernando Savater salpica el texto como la afirmación de Pascal: “la sencilla verdad es que todos los seres humanos estamos un poco chalados y hasta no estarlo es una forma especial de chaladura también”.
También me gustó la explicación de los orígenes de la palabra azar:
La palabra “azar” viene del árabe. Unos dicen que su origen es el nombre del castillo Hasart, que allá por el siglo XII se elevaba en algún lugar de Siria, cerca de Alepo. Los castellanos debían de ser gente muy aficionada a juegos y apuestas... Vamos, digo yo, porque en realidad sólo conozco el nombre del lugar. Claro que no faltan quienes suponen que la etimología de la palabra hay que buscarla en otro término arábigo, al sar, que significa “el dado”. De modo que vale la conjetura de que en el castillo de Hasart se jugaba a los dados y así todos contentos.

Muy acertadas por vividas en primera persona del escritor son las descripciones de las etapas de la vida del hombre y la salud:
Yo creo que hasta los treinta años, más o menos, los humanos somos capaces de vivir a nuestro aire porque la naturaleza cuida de nosotros. El niño puede saltar, trepar o meterse en agua helada para experimentar qué se siente, el adolescente y el joven pueden comer basura, emborracharse, tomar todo tipo de sustancias nocivas, bailar hasta le extenuación en cuchitriles mal ventilados o pasarse las noches sin dormir: de igual, la naturaleza nos tiene a su cargo, repara los daños, minimiza los riesgos... A partir de los treinta el panorama comienza a cambiar, la naturaleza nos atiende con mayor desgana y racanería... Pero de los cuarenta en adelante, la madrastra Natura nos abandona por completo y se muestra indiferente a nuestras cuitas. Según refieren los que han llegado hasta viejos a pesar de todo, de los sesenta para arriba –es decir, para abajo- la naturaleza se vuelve francamente hostil y nos persigue con todo tipo de trampas o dolencias...
Esta última frase se la han contado porque Fernando Savater justo llega a los 60 según veo en sus datos biográficos.

También nos habla del amor entre los de su quinta a través de un breve personaje, la soprano Siempreviva :
Con la edad, el amor es ya como el mar en invierno. Una vuelve a visitar en febrero la playa en la que tanto disfrutamos el pasado agosto, el día está clara, despejado, tenemos toda la playa vacía para nosotros y el mar, en calma nos invita a los placeres estivales. Una se descalza y nota la arena súbitamente fría, inesperadamente fría.

Y digo yo, si eres friolera ¿qué necesidad tienes de descalzarse en invierno en la playa?

3 comentarios:

Gemma dijo...

Hola Pèsol,
Celebro que esta semana nos la hagas mas amena con tus post. En cuanto al vuelo del hombre, no puedo ver el video, algún problema técnico supongo. De todas formas estos deportes de aventura son mas bien un desafío, desafían a la vida y a su integridad física constantemente, adrenalina pura, dicen que es adictivo.
Me encanta la afirmación de Pascal. Pienso yo, ¿que seríamos realmente si todo fuese cordura?.
Y referente a Siempreviva (ésta con nombre de flor),una a esa edad no debe afirmar nunca que la arena esta fría, corre el peligro de congelarse, seguro.
A mi esto último me lo han explicado, je,je.

GEMMA dijo...

Trepitjar la platja a l'hivern és un cúmul de sensacions que només t'ho dóna aquesta estació!! I no cal anar amb banyador, jaja! Petons

Gemma dijo...

Ah! literalmente "friolera", eso cambia incluso mi opinión anterior.